Bienvenido a la “República Independiente de Plaça Catalunya”


En vísperas de las elecciones municipales, ninguno de los sondeos previos recogió la opción “manifestar mi indignidad en mi derecho a voto”.

No es ninguna marcha, no es un grupo activista, sólo han hecho que asentarse en un lugar concreto sin exhibir sus ideas por las calles, sin uso de ningún tipo de marketing. Esta concentración es de ciudadanos y voces anónimas de la calle. Un lugar divergente de personas sin ninguna intención de violencia, sin ninguna bandera, sin ningún partido o grupo formado que los apoye,. Se trata pues de una incentiva popular pacífica en que todos tienen voz y voto sin discriminación alguna.

Pocas normas se establecen en esta miniciudad. En los accesos al centro de la plaza cuelgan su propio plano situacional. Te indican dónde se encuentran cada una de las comisiones que se han organizado de forma democrática y civilizada. Por un lado tenemos a la comisión de prensa. También tenemos una guardería, comisión de cocina con placas solares y llena de voluntarios que reparten comida (con guantes para manipular muy higiénica) sin recibir ningún incentivo, una comisión jurídica, comisión de infraestructuras, de sanidad y una comisión internacional.

Unos panfletos repartidos por los alrededores de la plaza marcan la agenda del día, mientras dure la acampada: a las 19h preparan la comisión de trabajo. A las 19:30 preparan y organizan la Asamblea. A las 21:00 se inicia la llamada cacerolada. Puntualmente y sigilosamente, todos se erigen a la hora señalada para golpear sus sartenes, sus ollas, sus latas, o incluso agitar el llavero, todo sirve para manifestar en ruido su protesta.

¡Plac! una factura más por pagar, ¡pam! Estoy en desahucio, ¡clack! Llevo en paro 8 meses, ¡crack! Soy pensionista y sobrevivo con 600 euros al mes. ¡Catacrack clack, clack! Si fuera político me daría vergüenza seguir siéndolo, ¡plac, plac, plac! Este sistema político no me representa. Y cada golpe, cada repique de sartenes es una razón más que se suma a este enorme malestar, esta explosión de indignación. Nadie hubiera imaginado hace una semana que la ciudadanía hubiese despertado así. Que los carteles que coronan las farolas de los alrededores de la miniciudad quedarían en un segundo plano, paralelo y que prendiera fuerza esta indignación compartida quizás por una minoría en las urnas, quizás por una gran mayoría en la conciencia de todos los ciudadanos españoles. Al ritmo de los repiques, todos giran su mirada 180º para aplaudir al anónimo que ha cambiado el eslogan que cubre el edificio a las espaldas de la plaza. Antes se leía: “Encara penses que les bèsties no estimen?(¿Aún crees que las bestias no aman?)”. Ahora se puede leer: “Encara penses que els polítics no ens timen? (todavía crees que los políticos no nos timan?)”. Todos aplauden al ingenioso. Se corea la falta de pan “pa tanto chorizo”, “el pueblo unido jamás será vencido”. Pancartas alzadas en un extremo y en otro “error del Sistema, reiniciando”, “Que nos gobiernen las putas, que sus hijos nos han fallado”, “Yo no soy antisistema, el sistema es Antiyo”.

“¿Hasta qué hora dura? ­–Hasta las 22:30h” Una hora y media para luego dar comienzo a la Asamblea General. De la misma forma pacífica todos saben que es el turno de sentarse, en silencio se cubre la plaza. Dejan un pasillo para que puedan pasar cada uno de los ciudadanos que propondrán sus ideas. No aplaudirán, no harán ruido, para eso marcaron esa hora y media. Ahora alzan las manos si quieren aplaudir, cruzan los brazos en alto si no están de acuerdo, o giran sus brazos si lo que quieren es dar turno al próximo ciudadano. Y no representa a una minoría, no sólo acuden jóvenes.

Una señora de avanzada edad escucha atentamente de pie al joven que ahora habla, y ella, mientras, rebusca en su bolso. Saca algo, se lo entrega al chico, y todos aplauden y sonríen. Le ha dado un caramelo, el chico tenía la voz ronca de toser. Una familia con sus hijos escuchan atentamente al joven. Otra pareja de unos 50 años a mi lado amablemente ceden el paso para que me pueda sentar. Descamisados, jóvenes, mayores, trajeados con corbata, ancianos, padres y madres de familia. No hay manera de poder situar a los participantes socialmente. Simplemente son todos y ninguno. Emoción, rabia, indignación, un sueño. Nadie sabe con qué nombre bautizarlo. Quizás sea esa su debilidad, pero también su fortaleza. De momento aplaudamos a esos valientes que han encendido los altavoces al descontento social. Ellos nunca debieron dejar de ser los protagonistas. Y de ello nunca se debieron haber olvidado nuestros (aún) políticos.


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