Viaje de cercanías y lejanías


“Viajar es un placer, que nos suele suceder”, cantaba ‘los ‘Payasos de la Tele’, pero no sé yo si pensarán lo mismo todos los viajeros del tren de Cercanías de RENFE. Son muchos los ciudadanos  que diariamente toman un tren para ir a trabajar, o ir a estudiar (o vete tú a saber), y el tiempo que pasan dentro del tren, dependiendo del lugar de origen y fin del trayecto, puede superar las dos horas diarias dentro del mismo (y aún así mantienen el nombre de trenes de Cercanías).

Arrancamos el viaje en la estación de Plaza Catalunya en una tarde cualquiera de un día laboral cualquiera. Una estación llena, llenísima de mezclas. Si me paro a pensar de cuántos lugares pueden venir o ir todas las personas que se cruzan a mi paso, se dibujaría un rico mapa entramado en mi mente, fruto de la diversidad que se palpa. En el andén de la vía 2 con dirección Mataró se encuentran todos los viajeros a pie de la vía con la intención de ser los primeros en subir y poder coger sitio. ¡Parece una competición! De forma sigilosa me adelanto a todos y me posiciono donde sé que abrirán las puertas. Una pequeña dosis de adrenalina tengo al saber sólo yo mi estrategia, la que aprendes tras mucha rutina a tus espaldas. Llega el tren y pese a los empujones de la marabunta, mi propósito privilegiado se cumple, con un asiento al lado de la ventana, y con premio, ya que da vistas al mar Mediterráneo. No voy a poder disfrutar del paisaje que ofrece el trayecto hasta que salgamos de Barcelona y el tren vea la luz. Y mi acompañante fortuito, cargado y con un trasero, digamos voluminoso, me empuja a que me ponga mis auriculares. Desconecto y dejo fluir mi banda sonora particular de la costa y que así se disipe mi monótono día.

Me recreo con cada persona que hay en el vagón, aunque a veces se me escape la mirada tras el cristal empañado a mi derecha y disfruto del infinito mar  y sus playas. Pero retomando a cada personaje que se encuentra conmigo en el tren, contemplo sus miradas y a cada uno le adjudico una historia de manera arbitraria. Me gusta fantasear con la vida de las personas y, de esa manera fabulo con la mía. Así me regalo una sonrisa que se asoma

cada vez que me imagino la vida de alguien ajeno, como si realmente estuviera descubriendo el trasfondo de cada individuo  que banalizo. El tiempo pasa y yo, de paso, me detengo en el tiempo de los demás. De todos ellos, el que más destaca es una abuela entrañable y coqueta. Me resulta curioso que viaje en tren, ¡y sola!. Normalmente no son el tipo de pasajeros más concurrentes, y por esa razón destaca entre tanto traje arrugado de 10 horas y carpetas de universidades de Barcelona. La encuentro graciosa, porque ya hace rato que reparte sonrisas a aquél que la mira de casualidad. Ha estado un rato ordenando su bolso y, a mi parecer, creo que también ordenaba ideas en su cabeza a base de pequeños toques en sus labios con los dedos y su mirada echada al cielo. Me transmite sabor de hogar esta mujer tan auténtica alejada del estrés del probable trabajador cansado (con maletín y bolsa de valira a cuestas) que bosteza a su lado sin ningún tipo de delicadeza. La proximidad que da nombre a la clase de tren, con su surtido de pasajeros e historias, dista entre ellos por generaciones, problemas, anécdotas del día, estilos de vida. Pero, aunque sea sólo unos minutos, a todos nos une un tren que atraviesa entre casas aventajadas con vistas al mar  y la franja de costa del Maresme.

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