El arriesgado humor de la transición


El atentado contra la revista El Papus se sumó a la lista de los continuos intentos por parte de la extrema derecha de acabar contra la aún tambaleante democracia

En los últimos años de dictadura franquista y en los que siguieron hacia la transición democrática fueron naciendo de forma sucesiva un gran número de publicaciones con opiniones de todos los colores. Aunque todas ellas con el mismo espíritu crítico y con un objetivo común: arremeter contra el gobierno y desconcertar a los poderes políticos. El Porfavor, La Codorniz, Guadalimar, Siesta, y, por supuesto, El Papus. Era la época del destape. Las ansias por expresar todo aquello que no había sido permitido durante casi cuarenta años de régimen franquista podía por fin ser formulado y con la boca bien abierta. “Había una esperanza de futuro. Teníamos la intuición de que iban a pasar un motón de cosas y de que nosotros íbamos a ser unos privilegiados, porque seríamos testigos de ello.”, explica Oscar Nebreda dibujante de la revista satírica El Papus. Sin embargo, los intentos por desestabilizar el incipiente régimen democrático eran constantes. La sociedad de la época se acostumbró a un continuo estado de alerta marcado por los sucesivos atentados y asaltos de Eta, el Grapo y la extrema derecha.

una portada de El Papus

una portada de El Papus

Un espíritu joven, ilusionado y reivindicativo impulsó el nacimiento de la revista El Papus en el año 1973. En ese momento las ansias por lograr un cambio de régimen podían verse reflejadas en la prensa que buscaba la luz que abriese una brecha hacia la libertad de expresión y hacia la pluralidad de opiniones. El Grupo Godó, propietario de El Papus, pensó que la propuesta de fundar una revista política que arremetiera contra el régimen era  arriesgada y, por ello, creó una publicación deportiva El Barrabás en la que, según Nebreda, “la escusa era el deporte y el fondo la crítica política”. Tras observar el éxito del semanal el grupo editorial decidió montar El Papus, que nació, sin el apoyo de ninguna institución y con la pretensión de resultar más que incómoda a los poderes económicos y políticos. “Queríamos hacer una revista bestia. Una revista que cargara contra todo el mundo. Contra el gobierno, contra los obreros, contra los curas, contra los militares”, asegura otro de los dibujantes de la revista Jordi Amorós (Já).

Convivir con el miedo

Para los periodistas y los dibujantes que formaban parte de la plantilla de El Papus no se produjo ningún cambio en la línea editorial de la revista tras la muerte de Franco. Nebreda y Já aseguran que desde el inicio se mantuvo el mismo tono crítico, aunque con continuas denuncias por parte del gobierno. Nebreda llegó a ir 66 veces a juicio. Con poca inteligencia, de forma automática y prácticamente aleatoria, los poderes judiciales llamaban a declarar a los periodistas de las revistas satíricas por, según ellos, la subida de tono de un número concreto. Convivían entre amenazas. Se había convertido en un hábito, en una costumbre, bajar al bar y llamar a la policía cuando se recibía alguna llamada anónima avisando de un atentado. “Éramos jóvenes, inconscientes y no teníamos miedo”, así recuerda un veterano Nebreda sus inicios como dibujante en la revista satírica.

Un atentado contra la libertad de expresión 

Seguramente porque el clima de alerta se había convertido en rutinario, el atentado contra la Revista El Papus el 20 de septiembre de 1977 no supuso ninguna sorpresa para los dibujantes de la publicación. Nebreda explica el episodio como uno más de una época convulsa. El día del suceso, tras escuchar el sonido de la bomba todos los que se encontraban en el edificio se dirigieron hacia La Vanguardia, ubicada en las proximidades a la redacción del semanal, dónde especularon sobre la autoría de los hechos.

Los medios de comunicación atribuyeron el suceso al grupo terrorista de la extrema derecha, la Triple A. Una llamada telefónica efectuada a las cinco de la tarde del citado día a la redacción del Mundo Diario identificaba a esta organización y señalaba que hace un año se avisó al director de la publicación del atentado. Así lo manifestó el comunicante del mensaje: “fue con ocasión de unos artículos que dejaban al fascismo por los suelos, pero nuestra  advertencia no sirvió de nada. Nosotros hacemos lo mismo que ETA, con la diferencia de que nosotros avisamos con tiempo”.
Todos los medios de comunicación de Barcelona decidieron cerrar sus ediciones el día siguiente al atentado como señal de protesta. El diario EL PAÍS pudo contactar el día después con uno de los presuntos culpables y conocido ultraderechista, Alberto Royuela, quien se deshizo de las acusaciones declarando que un atentado de estas dimensiones “es una salvajada solo propia de asesinos y no de la ultraderecha”. El mismo Royuela se había presentado en las instalaciones de la redacción del semanal amenazando de colocar una bomba si seguían con la línea satírica contra la derecha.
Sin embargo, el recuerdo que mantienen los dibujante lamentablemente dista mucho del de otros trabajadores de la publicación. El infortunado acto se saldó con una muerte, Juan Peñalver Sandoval, el portero de la finca, y 16 heridos graves. Entre ellos, la telefonista de la redacción, Rosa Lorés, quien sufrió un fuerte golpe en la cabeza que le dejó 62 puntos en el cráneo. La fuerte onda expansiva de la bomba le provocó que saliera despedida por la ventana hasta caer bruscamente encima de un coche aparcado frente al edificio. El siniestro, que le ocasionó graves daños psicológicos, quedó grabado en su memoria. Años después declara: “No se es víctima solo el día del atentado, se es víctima siempre”.

El después del atentado

Los periodistas y dibujantes de El Papus, en general no sintieron ningún temor ante lo ocurrido. Como si el atentado hubiera sido una simple anécdota de la lucha que estaban librando por una sociedad más justa. Francesc Arroyo, actualmente en El País, empezó a trabajar una semana después del atentado. “La bomba desmantelo toda la redacción, con lo cual, al principio yo solo iba a entregar los artículos cada semana” comenta Arroyo sobre sus primeros días en la revista.” Aunque no tuvieran redacción y estando aún perplejos por el
drama vivido, siguieron adelante a pesar de las constantes amenazas que seguían recibiendo
aún después del atentado. Aunque algo sí cambio en la mentalidad de los que hacían realidad El Papus: “Puede que tuviéramos más rabia aún y más convicción de que teníamos que seguir así, pero en ningún caso nos acojonaron”, admite Arroyo. Parece mentira que esa fuese su actitud pero hay que recordar que en la época que se produjo el atentado, actos como estos eran de lo más rutinario, tanto por parte de la extrema derecha, como de la extrema izquierda.
Pero el acoso a los periodistas y dibujantes no solo venía de las amenazas constantes que recibían de grupúsculos de la derecha más antidemocrática sino que también estaban sometidos a una especie de guerra de trincheras, con persistentes denuncias y procesos judiciales orquestados por la agonizante censura y un aparato judicial “que mayoritariamente era muy conservador y anclado aún en la dictadura”. No obstante, Arroyo no ve la mano del aparato directamente detrás del atentado ni de la posterior investigación y del juicio infructuoso, en el cual los principales sospechosos, los integrantes del grupo Triple A no fueron condenados. Aunque sí considera que las autoridades adoptaron una postura de cierta “permisividad” ante lo ocurrido. De este modo, a sabiendas de que intentarían desestabilizarlos por todos los lados, la redacción de El Papus siguió a delante. Según Arroyo: “porque teníamos el pleno convencimiento de que nuestra acción cotidiana mejoraba nuestras condiciones de vida y la del conjunto de la ciudadanía”.

El Papus de hoy 

Hoy en día la oferta de los quioscos, pese a que pueda parecer muy variada, es muy homogénea en cuanto a tratamiento del contenido. Parece que hay una especie de espiral que arrastra todas las editoriales por un raíl ya marcado. En cambio, El Papus siempre descarriló con sus picantes publicaciones -en el buen sentido de la palabra-. Esta ejemplar publicación durante sus años de vida tomó su propio camino y proporcionó un punto de vista crítico sobre una actualidad conmocionada por los años de franquismo. El semanario, tras su desaparición, dejó un hermano pequeño, como heredero, con pocos años de vida pero con un futuro esperanzador: “El Jueves, la revista que sale los miércoles”. Esta revista, que ‘mamó de la misma teta’, tiró por la línea más reivindicativa y critica de la actualidad y de sus poderes políticos y sociales.
El Jueves sigue vigente hoy en día y, aunque no ha perdido su esencia, cabe remarcar que no llega a los niveles críticos de su hermana mayor. Partiendo de la base de que éste ha ido evolucionando y adaptándose a los nuevos tiempos.
Francesc Arroyo afirma que, “hace un tiempo las revistes semanales ofrecían una capacidad de análisis y de tratamiento de la información que la prensa diaria no daba. En cambio, ahora sí la da. Si además tienes en cuenta la variedad de blogs que encontramos en internet, la prensa semanal no puede ofrecer información de actualidad en su sentido inmediato”. Más allá del contexto que envuelve las publicaciones de hoy en día, los semanarios quedan en jaque por los periódicos y el tratamiento de la información actual. Y aunque, mirando atrás, podemos enorgullecernos del sistema democrático que se ha instaurado en nuestro país, siguen existiendo formas sutiles de opresión a la libertad de expresión. Los medios de comunicación parecen haber olvidado su función de contrapoder y lejos de destapar estos agujeros oscuros, dedican sus esfuerzos a encubrirlos. Es probable que no volvamos a tener entre manos un número de esas revistas satíricas de antaño, pero siempre quedará entre nosotros el espíritu reivindicativo de El Papus.

trabajo de la asignatura Investigación periodística y reporterismo. Realizado por: Natalia Bravo, Elvira Llopart, Sergi Rodríguez y Joan Tomàs.

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