El fuego y el ágora virtual


El fuego ha condicionado las viviendas y las relaciones de las familias dentro de ellas. El lar (llar, hogar) daba fuego en el interior de las casas. Una hoguera servía para crear, con un banco a su alrededor donde dormir toda la familia junta, un espacio: el hogar (fogar, que sería en gallego). La creación de una calefacción por tubos contribuyó a distribuir el hogar en habitaciones y a generar así unas independencias entre los seres que habitaban una misma casa. Triunfó el individualismo por encima de la relación de la unidad familiar.

Ahora no importa tanto formar parte de un colectivo físico (club deportivo, escuela, etcétera) como de aquel que construimos en el ágora virtual

El hogar evoluciona hasta convertirse un lugar físico de seguridad y tranquilidad, más allá de un simple espacio habitado. Como ese fuego que calentaba y reunía a toda una familia a su alrededor. Un lugar identitario donde sentir que estamos instalados y que es nuestro origen. A donde acudir. En ocasiones, solemos asociarlo a la residencia de los padres. También, allí donde formamos una familia. ¿Pero lo concebimos en un espacio no compartido, individualizado? Las relaciones personales y los nuevos núcleos familiares son muy distintos a los de hace unos años. Se forman pequeños batallones en cada habitación, que vienen cargadas de un sinfín de artilugios tecnológicos que nos independiza, físicamente, del resto de habitantes. Compartimos escenarios virtuales con personas, a veces desconocidas, donde acaba habiendo más relación que con el familiar de la habitación de al lado, de quien quizá nos enfademos si irrumpe en nuestra intimidad accediendo a nuestra habitación.

ante un ordenador o un móvil encontramos ese calor de la vida social

Ahora no importa tanto formar parte de un colectivo físico (club deportivo, escuela, etcétera), como de aquel que construimos en el ágora virtual. Los códigos de convivencia en la red son consensuados, interculturales, donde nos relacionamos en múltiples contextos, de forma diaria e instantánea, donde solo nos separa una pantalla. Donde no hay olor ni más allá del tacto del teclado o la pantalla. Pero en confrontación con la idea superficial que transmite la imagen que se recrea en el imaginario de soledad ante un ordenador o un móvil, en ellos encontramos ese calor de la vida social. El móvil o el ordenador o la tableta es ese fuego que atrae para interrelacionar a muchas más personas de las que hubiese permitido una hoguera.

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