Tenía siempre, por costumbre, diez minutos adelantados los relojes


Tenía siempre, por costumbre, unos diez minutos adelantados los relojes. El del vídeo de la salita, el de la pared de la cocina, el despertador de su mesita, el del coche, el de su muñeca izquierda que solo funcionaba con el calor de su piel. Algunos cinco minutos, otros diez, otros ocho, otros doce. Una cuestión de manías. De la misma forma que contaba las rejillas de la persiana bajada. Nunca debían cubrir la ventana más allá de doce rendijas. Contaba minuciosamente cada noche las once persianas de casa. Pero sin desviarnos: vivía un tiempo que para los demás no había transcurrido aún.

Sabía perfectamente que esa no era la hora, pero jugaba candorosamente con el tiempo. Lo adelantaba para no llegar tarde a ningún lugar y, por quererse aventajar avanzándolo, apuraba hasta el último segundo, desperdigando en mil quehaceres el margen atribuido. Daba cuerda a sus horas y estiraba las manillas de sus relojes con toda la impunidad que ella se permitía. Los demás no teníamos otra que adaptarnos a entender así el tiempo. No seguir estrictamente el paso de las horas. Zancadas tramposas de diez minutos hacia delante. Atrapados en ese auto engaño.

En ese espacio, que dividía el tiempo real del que ella quiso apresurarse a vivir antes, había un juego de persecución donde ella siempre ganaba y el tiempo nunca lograba cazarle. Llenando el hueco de sus horas esparciendo la preeminencia que gozaba. Encabalgando nuestros horarios con los suyos. Consumiendo un tiempo que no sincronizaba con el mundo. Sin embargo, las zancadas se invirtieron. Hipnotizada por el péndulo de su juego, rebasó los límites. La celeridad con la que quiso devorar las horas se dilató. Empezó a agudizar la percepción de los relojes cuando el suyo estaba a punto de detenerse. Sin saber siquiera si aprovechó esa concesión de minutos añadidos.

Aún seguiríamos aquí, once años después, adelantando los relojes, no fuera ser que en esos minutos que desplazásemos las manillas hacia delante, déjenme creer, allí estuviera ella. Para burlarnos como ella de la exactitud de los relojes, alargándolo y contrayendo, esperando aún coincidir con el tiempo del mundo su tiempo.

mamá

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