Publicidad, ¿el arte del siglo XXI?


Si el arte es la expresión de emociones y sensibilidades individuales con función comunicativa y estética, la publicidad lo populariza para, también, comunicar pero sobre todo, comercializar. Que el objetivo principal de la publicidad sea el consumo nos embriaga y nos hace olvidar que podamos estar frente a una obra de arte.

Museo Tamayo, México - A. ALBORNOZ

Museo Tamayo, México – A. ALBORNOZ

cuanto más creativa es la campaña publicitaria que lleva a cabo una agencia, más notoriedad gana la marca

Los cartelistas del siglo XIX y principios del pasado eran considerados artistas. Jules Chéret, Ramon Casas, Théophile-Alexandre Steinlen. Descubrían un nuevo lenguaje artístico a través de imágenes que configuraban el paisaje urbano. Se convirtió, pues, en un nuevo canal de comunicación, la que en definitiva es la función social del arte. La sociedad de consumo emerge, los estudios sociológicos nos analizarían como sujetos de mercado al que dirigirse y las empresas vieron ahí un negocio. Los artistas dejaron de ser la firma de la imagen y las agencias se condecoraron con el mérito y el prestigio.

¿En cuántas ocasiones ha acabado de ver un anuncio y ha seguido reflexionando, en el sentido de tardar en entender qué vio?

Actualmente, cuanto más creativa es la campaña publicitaria que lleva a cabo una agencia, más notoriedad gana la marca. E incluso, en algunos casos, olvidando la marca y recordando el anuncio. Su fuerte significado estético queda grabado en la retina del público, de ahí la estrechísima línea que separa arte de publicidad. Cabe recordar los anuncios de cierta bebida alcohólica que contó con artistas como Keith Haring o Andy Warhol para su composición. O las transgresoras campañas noventeras de Oliviero Toscani para promocionar la famosa marca de ropa que abanderaba ser interracial. Hoy en día no podríamos identificar un artista detrás de un anuncio, si más no, una agencia si estás en el círculo más cercano a la disciplina. El público desaparece de los museos y galerías de arte, resulta (lamentablemente) arcaico, y parece que el arte, como alta cultura, se pierde. Pero su difusión, quizá, esté en la calle: en marquesinas de metro, en ventanas emergentes de su navegador, en su televisor, o en el folleto que depositen en su buzón.

Pero centrémonos. ¿En cuántas ocasiones ha acabado de ver un anuncio y ha seguido reflexionando, en el sentido de tardar en entender qué vio? La carga de discurso connotativo, las referencias culturales, el mensaje, el impacto y la seducción. Todo ello es la verdadera magia de la publicidad: el cinismo de cautivarte, sorprenderte hasta hacer olvidar su leitmotiv. Todo un arte, ¿verdad?

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