Ya lo entenderás cuando seas madre


Disculpa, lectora / lector ¿Has comprado ya el regalo a tu madre? Lo sé, sé que refunfuñarás. Cada vez que se acerca una fecha de esas que marcan el calendario de forma casi forzada te preguntas si, al comprar un regalo, estás tratando de hacer un acto cultural, un acto de fe, uno social o sencillamente de consumo absurdo e hipnotizante. Y os entiendo. Si, para mí, cómo encontrar esa palabra que se dibuje en vuestro imaginario calcada a la idea que retoza por mi cabeza me cuesta terriblemente, dar con el regalo conmovedor y que te remueva hasta conseguir una sonrisa me es enfermizo, rozando la angustia. Y añadiría, casi deduciendo lo que estaréis musitando ahora entre dientes, si tiene sentido hacerlo.

Aún no os había hablado de mi madre en este espacio que me ceden los esguardaires cada cierto tiempo. Ya va siendo hora. Os la presento: ella, una persona sorprendentemente desinhibida hacia los demás y tan contenida y prudente hacia sí misma, reservaba una porción de su energía por aquellos días redondeados en rojo en la agenda. Le encantaba hacer regalos. No he encontrado a nadie que la reemplazara en ese propósito de darlo todo en un regalo. No se conformaba solo con envolver con papel de seda un paquete seleccionado solo con los ojos de una ‘Visa’. La delicadeza desbordaba en cada uno de los detalles que iba listando para hacer del día uno diferente y singular respecto al año anterior.
Una manta de desazón y desvelo, pero, cubría su cuerpo las semanas anteriores. En su cabeza se esparcía un lienzo en blanco para embadurnarlo de ideas con las que cautivarnos con algo inesperado. Como cuando palpas una pared a oscuras, notabas su emoción en cada rincón. El color del papel, el cordel para atarlo, los pliegues del papel perfectamente cortados. La nota que lo acompañaba, doblada con la ternura de imaginar nuestro rostro al desgarrar el envoltorio. El pastel, las velas minuciosamente contadas. Allí donde posabas la mirada no tenías otra que tropezar con su efervescente pasión, que se iba consumiendo según tu reacción llegaba.
De aquella delicadeza suya que se deslizaba, sus hijos relamíamos los goteos hasta que nos calara y mimetizar, así, su manera de ser y hacer. Todos los años que el tiempo nos ha permitido, nos entregábamos en cuerpo y alma a fin de devolver, como la isla descolgada de su continente, lo que habíamos recibido de ella. Lo que éramos por ella. Entre la uña y la carne del dedo ella acumulaba las migajas de su vida, arrojada por dedicarla a los demás. Y aquello debía ser recompensado, creíamos. Inconscientes, desde el escalón de hijo, íbamos despistados sobre lo que esperaba ella de nosotros.
Aunque no sé, a fecha de hoy, qué siente una madre – disculpen las que lo sois por mi valentía – no he necesitado serlo para empezar, ahora, a sospechar cuán maravilloso puede ser este retorno escondido del amor de una madre a un hijo. De todo lo que he heredado de ella, hay algunas cosas que el tiempo, del que cada día que pasa dilata más el espacio entre el último vivido con ella y el hoy, no me ha permitido agradecerle lo suficiente. Así ha sido, a través de ella, como he llegado a comprender que el placer de dar siempre sería más grande, más hondo, que el de recibir. Nunca he sabido si mi madre podría haber sido mejor en cualquier otra faceta de la vida, pues todo lo que dio de sí fue ceder su piel para arrugársela por los demás. Y no encuentro ninguna otra razón mejor para dar un te quiero repentino, cruzar una mirada que las frene, las siente y las reconcilie o un, aunque sea, breve abrazo y le haga recordar que estuvisteis unidos a ella antes de ser un cuerpo independiente, aunque recibir no va con ellas. Feliz día de la madre.

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