Porno sin censura: mi primera vez en el Salón Erótico de Barcelona


El mundo semisumergido del porno aflora a plena luz en el Salón Erótico de Barcelona, donde se muestra, para más de 20.000 personas que acudieron un año más, deseo, hedonismo, carne y erotismo sin tapujos

salón erótico

 

En la calle, el sol achicharra en la espalda del gentío que hace cola para entrar al pabellón de la Vall d’Hebron. Son las cuatro pasadas de la tarde del viernes. Dentro, pese al helor que radian los recintos deportivos, se atempera con las luces violetas intensas que juegan en el techo y los olores y sudores calientes de quienes garbean por ahí. El Salón Erótico de Barcelona acoge al público más variopinto de la ciudad.

Es mi primera vez. Tanteo sigilosa los stands fingiendo esa superioridad moral de la experiencia en el terreno sexual como la de quien me sentencia ingenua de un vistazo. «En ese cuarto realizamos bukkakes… ¿Sabes… qué es?». Busco cruzar la mirada de quien me voy encontrando, esperando ver algo que delate la razón por la que acuden a un salón de erotismo y pornografía tan explícitos. ¿Vienen solos? ¿Esa mirada sórdida es tal o soy yo? ¿Cuándo consumen porno y qué vienen a ver aquí? ¿Está su pareja comprando algún juguete? ¿Están solteros? ¿O habrán ideado alguna excusa para justificar la ausencia en casa esas horas? ¿Conocerán a todos los actores y actrices que campan por los pasillos y de los que yo ignoro su fama? ¿Qué cara pondrán si ven a sus hijos aquí? ¿Cuál sería tu cara si vieras a tu padre aquí? 

Vago por los pasillos como única chica sola que hay. Me encuentro a dos periodistas más que me abofetean con su “qué hace una chica como tú en un sitio como este”. Me advierten de las figuras de vaginas hechas con cera. «Asqueroso, eso era asqueroso. Hacen una réplica de tu vagina con un molde. Eso no es erótico, ni es nada», gruñe uno de ellos. Me detengo frente al show de actricesdelporno.com. Van subiendo chicas al escenario. Embriagan al público, mayoritariamente masculino, con una sonrisa. La boca la abren tanto como sus piernas. A mi izquierda, un chico que destaca por su altura y presencia. David acaba de entrar en el pabellón. Es el segundo día que viene al Salón, nada nuevo, pero desfila por el recinto abriendo paso con esa majestuosidad con la que un niño explora su parque de atracciones.

«A mí, como buen salido que soy, me encanta», desembucha, con voz aguda y rompiendo de un plumazo la candorosa apariencia. Tiene 35 años. Viste con un pantalón de chándal negro bien subido a la cintura y un polo por fuera de color gris y rayas blancas. Una mochila negra de la Reunión Anual de Sociedad Española de Neurología de 2012. Gafas de cristal grueso y media melena, oscura, a ras de sus hombros.

salónEl sábado volverá. Su pelo ya no lucirá como el viernes. Ya se le restriega por la frente con el sudor. Y pese a rezumar por todo su cuerpo, la sonrisa no se le diluirá hasta el final de la feria. Se cuela por el stand de actricesdelporno.com y se asienta para ver en un primer plano culos al vaivén de los tacones de las actrices. Algo hace sospechar que no es un seguidor más. «He participado en alguna que otra escena de El Follamático», alardea sutilmente. Alguna que otra persona del público murmura sonarle su cara. En la página inicial de la web sale la imagen de David.

Eudald y Roger, de 28 y 29 años respectivamente, también, como yo, es su primera vez en el Salón. Comparten piso con dos chicas más que están a punto de llegar. «Nuestra compañera de piso fue quien tomó la decisión de venir». Mati, gallega, es quien se motivó viendo el video promocional de Nacho VidalSí, el de tragar pollas y comer coños chorreantes antes que tragar mentiras y comer basura. «Me llamó la atención el mensaje que enviaba el actor», explica.

Todos son amigos. Ellos, homosexuales. «Consumimos porno, pero poco». Les hablo del espacio LTGB que guarda el Salón. «¿Has visto algún espectáculo?», me consultan. Les digo que no y que me han confirmado que no habrá shows lésbicos, porque ya los hay en otras zonas de la feria. «No creo que vaya a haber penetración masculina con tanto tío hetero y machista», reniega Roger. Los dos dudan que una chica lesbiana se pueda sentir cómoda en semejante público bravucón que ronda por la pista. Lo confirma Carlos Resa, responsable de la zona EnclaveGay. «No sabemos si vendría aquí un público lésbico». A su lado, Abraham Montenegro, estrella del porno gay, tantea: «¿Quizás las chicas están aún muy en el armario en el terreno porno?».

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Hay algo de contenido en los que miran con transigencia los cuerpos desnudos que fornican en los escenarios sin pudor. Todos velan por su anonimato. Ninguna de las personas con las que hablo quiere darme su nombre con apellido. «No creo que si digo María sepan que soy yo. Pon María, María», me indica una mujer que va con su marido, Pedro. Con apariencia fría, todos esperan que el falo entre en cualquiera de los agujeros del cuerpo de la mujer«¡Que le rompa el coño!», grita la ¿presentadora? del show. Cuerpos masculinos brillantes de sudor y aceite, músculos y venas en relieve desde la frente hasta el tobillo. Cuerpos femeninos frágiles y de tez blanca algunos, otros voluminosos, jugosos hasta los nudos de su celulitis. Casi todos, eso sí, cubiertos de tatuajes y piercings.

La orgía se comete en la pista entre las miradas del público. Las mujeres fiscalizan por el rabillo del ojo la entrepierna de los hombres presentes. Ellos, en cambio, posan sus ojos en sus cámaras y móviles y adquirir, así, material inédito y gratuito para alargar el espectáculo y regodearse con él en la lobreguez de su cuarto. El Salón renunció a la C de sus siglas. Inició sus andadas como Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona, pero renunció a su rama cinematográfica cuando desaparecieron productoras con la irrupción de internet y todas sus oportunidades. Se perpetúa ese cambio tecnológico con los artilugios que cargan los espectadores.

«Nadie nos mirará mal por presenciar un show lésbico o sado aquí», me cuenta Marta, de 19 años. Marta ha venido acompañada de su novio Marc, de 23 años. Antes de hablar con ellos, Marta ha fotografiado a su novio con dos actrices porno semidesnudas. Posaban ambas sus tetas en el torso de Marc. «Parece estar todo orientado al hombre. No he visto aún ningún tío masturbarse solo», explica Marc. Llevan más o menos dos horas en el pabellón.

Como buenos voyeaurs antes que exhibicionistas, lo explícito se explaya en la pista central del recinto, y la zona de actividades y aulas para aprender a hacer el arte del cunnilingus,  practicar swinger o concursar como striptease queda en la intimidad de los espacios que aguardan bajo la gradería del pabellón. Todo aquello que abarca el erotismo del Salón pasa desapercibido para la mayoría del público asistente.

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Sara, Guillermo, Montse y Cristian son dos parejas de amigos que han venido al reclamo de lo erótico. «Veníamos a ver el espectáculo tántrico, pero el acceso ha sido limitado. Solo hemos visto uno, que era nuestro objetivo para venir». Tanto Sara como Guillermo cuentan que su presencia en el Salón era para sacar algo de lúdico de los 20 euros que cuesta la entrada. «Nos hubiera gustado que el elemento erótico hubiera estado más presente que el sexo explícito de la sala principal», me cuenta Guillermo. «Nos falta esa parte más instructiva, más lúdica, para que disfrutemos en pareja», puntúa.

Me voy ya, con la sensación de haberlo visto casi todo. Fuera, en el acceso, hay unos bancos donde un anciano con boina y bastón observa el ir y venir de la gente que visita el Salón. ¿Usted no entra? Le pregunto. «Todo eso es una cochinada», me lanza. Afuera, una pareja se besa cogiendo sutilmente el chico con sus dos manos el rostro de la chica. Ella se aparta tímidamente. El sexo se sigue disfrutando en pareja, en solitario, en privado.

Aun humedeciendo nuestros labios con la lengua y apretar la falda con la mano viendo los shows y recrear una orgía en nuestra cabeza, no queremos que pierda el morbo y la sensualidad de imaginarlo a oscuras. El anonimato es lo que más placer les daba al público. Creer que estaban allí escondidos y salvaguardados de los dedos indicativos de sus conocidos que apunten a sus vicios y deseos.

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